- Bueno, no voy a decirle que somos la mayor agencia de noticias del país (algunos de los periódicos más envarados no nos compran material), pero no hay duda de que somos la más escandalosa.
- Y…, ¿le importaría explicarme qué es una agencia de noticias? -dijo William.
Corker se lo explicó.
- ¿Quiere decir que todo lo que escribe usted llega al Beast?
- Bueno, ese es un asunto un poco peliagudo, hermano. Últimamente hemos tenido problemas con ustedes. No sé qué asunto de una demanda de difamación que le han metido al Beast por culpa de uno de nuestros muchachos. Pero ustedes compran material de todas las demás agencias, naturalmente, y estoy seguro de que tarde o temprano volverán a entenderse también con nosotros. A mí me van a publicar en su diario en calidad de “servicio especial”.
- Entonces, ¿qué necesidad tenían de enviarme a mí?
- Todos los diarios mandan enviados especiales.
- ¿Y todos los diarios tienen además las informaciones que les venden tres o cuatro agencias?
- Sí.
- Pero, si vamos a mandar todos la misma crónica, ¿no es un despilfarrro?
- Como mandemos las mismas, seguro que habrá jaleo.
- ¿Y no será muy confuso si enviamos informaciones diferentes?
- Bueno, así tienen oportunidad de escoger. Cada diario tiene su propia línea editorial, de modo que todos darán noticias diferentes.
Extracto de “¡Noticia bomba!”, de Evelyn Waugh. De lectura obligada para los que se escandalizan con lo que cuenta hoy Jacobo García en Periodistas, ¿o niños de papá? sobre corresponsales que van al infierno con maletas de ruedas, o para los que se hicieron cruces con su precedente revertiano, El síndrome del Coronel Tapioca. Lo de Waugh no es de ayer ni sobre Haití, sino de 1938. Además uno comprende por qué The Daily Beast se llama The Daily Beast.